domingo, 31 de agosto de 2008

desamor de verano.


Entonces decidí arrojar sus viejas cartas de amor en la crepitante fogata. Las vi caer como palomas muertas al fuego, chamuscarse y ser arrastradas por el viento como si fuesen un oscuro enjambre de abejas que se va con mis más bellos recuerdos para jamás volver.

Y una gélida ola marina moría bañando mis pies, barriendo hasta los más nimios momentos que viví con Yudith, y con la rugiente ola resucitaban y volvían a trizarse y a morir mis amoríos con ella, esa mujer que tanto me quiso y a quien tanto quise, esa mujer que ya no estaba en noches como esta apegada a mi pecho, sino al de otros.

Ahora que sus blancas manos no tocan más las mías, que su encantadora sonrisa no me pertenece, se intensifica mi nostalgia al volver a fantasear sus besos y sus caricias. Antes, Yudith era infaltable cuando el fervor pasional me susurraba al oído cuánto es que la extrañaba, cuánto la necesitaba y que vaya a buscarla a su hogar, a pesar de que a su padre nunca le caí tan bien como hubiese querido.

Mi suegro era barbudo, sus ojos pardos y redondos, con incipiente calvicie, de contextura montaraz y voz acartonada. Para él, yo fui el ogro malo que transformó negativamente la vida de su puritana engreída; cuando en verdad ella cambió ni bien puso un pie en la Universidad. O sea la culpa no era de mi autoría. Y por lo tanto era innecesaria la denuncia judicial con la cual mi suegro me amenazaba si es que yo tocase más de lo debido en su engreída, aquellas sacrificadas noches, cuando yo la visitaba con un ramillete de rosas en la mano, o una cajita de bombones rellenos con distintos sabores. Con mi cara de tontuelo soportaba la excesiva rabieta estampada en el rostro de mi suegro, quien, luego de mi llegada, llamaba con voz fúnebre a Yudith. A ella todo lo que yo le llevaba le era muy bonito, me abrazaba abrazadoramente, para que después compare yo, frente a las llamas, en la playa, esta noche, lo histriónica que conmigo fue.

Sé, y con dolor lo digo, que Yudith acostumbraba a canjear citas nocturnas con sus compañeros (varones todos los interesados) a cambio de ayudaditas en algún curso. Con las malas notas que obtuvo, ya imaginarán cuántos canjes hizo, incluyendo abracitos, bailes sensualones y otros irrechazables ofrecimientos perentorios para los excitados galanes que eran sus compañeros. Todo esto lo supe una vez consumados los hechos. Y recién comprendí porqué mis amigos me decían que desde hace un mes luzco una magna cornamenta.

La vi varias veces, con varios de sus compañeros (época donde descubrí tardíamente mis dotes de espía). Le tocaban las curvas anteriormente tocadas por mí. Yo la miraba, a veces en la calle aferrada a un sujeto poco agraciado, y mi varonil orgullo reprimía las ganas de saludarla, de acercarme y exigirle explicaciones, de meterle patadones a esos condenados bichejos de sus compañeros. Pero un día me acerqué, ella se ruborizó y miró el suelo para evitar que nuestros ojos se encuentren.

Hubo un tiempo en el cual saqué provecho de mis vacaciones universitarias y al buscar trabajo en los anuncios de los periódicos, me volví cuartelero de un hotel céntrico. Maldita sea, no por el mísero sueldo que recibí, no por el molimiento extenuante de los turnos de madrugada, maldita sea porque una vez la vi con un flaco haraposo, que mientras la cubría con sus esmirriados brazos, me pedía un cuarto. Un CU-AR-TO.

-¿Tienes preservativos a la venta?-me dijo el espantapájaros ese con lentes de nerds. La abrazaba, y la otra, sintiendo una aguijoneante vergüenza, rojísima como una fresa, con la cabeza gacha, le exigía hablar en privado.
Se fueron, menos mal, pues las venas me latían torrencialmente en la frente. A punto de estallar. Ese taurino golpe psicológico me sumió en una desesperante cavilación.

Comenzó a dolerme el interior del pecho. El malestar me dominaba. Sin meditar las consecuencias, cerré muy molesto el hostal, desacato que ameritó mi despido y un huracán de gritos de parte de mi jefe, un cojo cuya muleta le servía para amenazar a quienes le diesen problemas. Me amenazaban él y sus muletas oxidadas. Me increpó de modo feroz, lupino, desdeñoso por mi desacato. Tuve ganas de molerlo a golpes, mas me contuve, y, para apaciguarme, conté hasta diez: 1,2,3,4…

En casa, le conté a mi primo toda la enredadera asfixiante que parasitaba en mi mente. Sugirió embriagarnos hasta más no poder, cosa que así mi viril orgullo enterraría este desamor en el pulcro sepulcro del olvido, paraje donde la mudez logra zaherir a los dolosos acontecimientos pretéritos. Donde todo es teñido por la muerte. Pero mi locuaz primo se equivocó, el licor no sirvió. Mi alma seguía necesitándola, amándola, odiándola, amándola otra vez. Alternando en esos tres sentires. Mi rabia se intensificaba. Continuaban aquejándome las espinosas cadenas de la a veces desalmada existencia.

Eso fue hace mucho. Y en esta constelada noche de verano, sigo espectando las azuladas aguas, el azulado cielo, las chispeantes estrellas que hacen guiños al mundo, oigo el consuelo que intentan alcanzarme los rugosos riscos…recuerdo. Ayer, viernes, la encontré medio marchita.
La vi caminando sin compañía, la brisa jugaba en sus cabellos, solitaria, iba en uno de los jardines universitarios, en el campus, como sin rumbo, como extraviada, ida, no pude evitar saludarla. Fui a su encuentro.

-Pareces el mismo de siempre. No cambiaste. El tiempo no pasa en ti desde hace 5 años, cuando nos conocimos –me decía, casi desganadamente.

Estuvimos sentados en la acera, bajo la sombra de frondosos eucaliptos. Noté en su rostro las cicatrices producidas por las decepciones. La noté vencida, afligida, dubitativa. Cayó una hoja seca sobre sus cabellos. Quise retirarla, pero no lo hice.

-No, yo no cambié –agregué en voz queda, solapando mi lejanía, mi emoción, mi desconexión en lo que a ella concierne.

Por la proximidad dada entre nuestras facultades, aunque no quiera, la veo de modo casual por lo menos una vez a la semana. Nos saludamos de forma acrimoniosa. Entendemos que nuestra herida nunca sanará.
Temo temer frecuentarla, temo que renazca en mí ese suicida afán de quererla, de atizar reminiscencias que un severo Pasado, malquisto con los dos, sepultó. “El amor fue eterno mientras duró, pero no hay durabilidad eterna”, me había aconsejado mi abuela, un día domingo en que fui a visitarla a su casa de campo, tras oír muy atenta mi tristísima historia.
Razones no faltan para que mi triste alma y mi solitario cuerpo sigan consumiéndose con el crepitar de mi fogata, la cual lentamente se va apagando, la cual me salvará de este tormento, de esa mujer.

4 comentarios:

roggercito dijo...

Ojalá les guste

Daniel Rodrigo Acusi dijo...

Hola Roger que buen trabajo el tuyo haciendo una pagina tan linda y con unos poemas muy hermosos

....

te dejo mi firmita y ojala te acuerdes de la promo

la rana... ronny
chito...
burrito...

manzanon...
la loca(linarez)
etc...etc...
D los amigos que siempre estan...
y bueno un saludo mano y sigue adelante

ATTE:

DANIEL RODRIGO ACUSI

Javier dijo...

COMO ESTAS ROGER LOS POEMAS ESTAN MUY BUENOS MIS FELICITACIONES POR ESA INSPIRACION QUE LES DAS... INTENTA COMPONER ALGUNAS CANCIONES YA QUE TIENES LETRAS HECHAS PUEDEN SALIRTE CANCIONES XEVERES... MUCHOS SALUDOS DE PARTE DE TU PATA JAVIER CUENTA CONMIGO PARA LO QUE NECESITES SIEMPRE SIGUE TUS SUEÑOS Y LOGRA TUS METAS MIS MEJORES DESEOS NOS VEMOS BYEE...

Anónimo dijo...

SI QUE TAS INSPIRADO AMIGO PERO BACAN NOMAS LOS POEMAS, A TODO BOBO OE HAVER SI TE PASSAS HUACHO ALGUNA TOKADA P TIEMPO QUE NO CAIGO A UNA CDT CREO QUE ME LOS ANOTO APARTE POR QUE CON ESTOS POMAS DE SEGURO QUE CAE ALGUNA FLACA JEJJEJE NOS VMOS
TU PATA RONALD.....